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Havana 2005

Nuevo Cine Chileno: ¿Los hijos del Chacal?
Por Jorge Morales

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Desde que en su número de septiembre la Cahiers du Cinema le dedicó un artículo a los jóvenes cineastas chilenos, principalmente a Matías Bize (En la cama), Alicia Scherson (Play) y Sebastián Campos (La sagrada familia) -todos presentes con sus películas en La Habana- se empezó a hablar en el medio cinematográfico chileno de un movimiento. No sólo por una cuestión generacional (todos tienen alrededor de 30 años) sino porque las temáticas de sus cintas respondían más a un cuento personal que a una visión política del país, a la vida de sectores marginales y delictivos o a la comedia picaresca de la que el cine chileno estuvo enclaustrado varios años. Sin embargo, la realidad es que este pseudo movimiento, que curiosamente se denominó con el mismo mote que el grupo cinematográfico más importante de nuestra historia en los años '70, el Nuevo Cine Chileno (cuyo título más representativo fue El Chacal de Nahueltoro, de Miguel Littin), es más una operación mediática que una realidad. Sí, es verdad que son cineastas distintos a los anteriores -que estaban preocupados de hacer cintas rentables más que autorales- y se puede acusar recibo de una reorientación argumental, pero la forma de enfrentar la realización, los resultados de ese ejercicio, el espíritu y las conexiones emocionales de esos trabajos con el mismo cine de los '70 (que se cita como inspiración del grupo), son totalmente distintos en cada caso.

En la cama.
En la cama

El caso de Matías Bize es el más paradójico. Su debut con Sábado fue un ejercicio de libertad creativa, realizado en un completo plano secuencia y donde la improvisación, la espontaneidad y los imprevisibles riesgos se tomaron como base y aporte decisivo a la puesta en escena, como la impronta de un estilo. Bajo el ropaje de un nuevo ejercicio, Bize quiso repetir el mismo efecto con En la cama . Durante hora y media, filma únicamente a dos personajes encerrados en una habitación que tienen sexo y hablan de sus vidas. Pero el resultado es totalmente distinto, sin correr riesgo alguno, a puro cálculo y con cero espontaneidad. Un guión minucioso y en extremo convencional que recorre como si tuviera una lista todos los tópicos imaginables de dos amantes esporádicos. Visualmente, Bize trabaja la puesta en cuadro determinado en dinamizar la imagen (buscando todo de tipo de ángulos), sin razón aparente más que 'oxigenar' el encierro y sin que los planos tengan valor narrativo o emocional. Con más espíritu de cortometraje, En la cama avanza trastabillando desde una mirada minimalista a una orquestación repleta de lugares comunes. De todos modos, los premios obtenidos en La Habana (tercer Coral y mejor guión) no son del todo inmerecidos considerando el bajo nivel de los filmes en competencia, y que En la cama tiene ese mal que se esparce entre los directores que han obtenido un cierto éxito anterior: hacer cintas para festivales.

Play.
Play

Algo similar ocurre con Play, ganadora también en el segmento de Óperas Primas. La película de Alicia Scherson tiene probablemente una de las mejores facturas del cine chileno más reciente. La fotografía (notablemente ejecutada en el formato digital de Alta Definición), el sonido y la composición de los planos son estupendas. El problema es que sostienen un balbuceo ingenuo, una especie de realismo mágico urbano, donde Scherson parece más preocupada de que los detalles más superfluos sean exóticos, que de relatar una historia con un mínimo sustento. La premeditada idea de acentuar la paleta de colores -sin sentido alguno más que maquillar la imagen- el trabajar con agudeza el sonido, pero sin darle valor expresivo, acusan un poco decoroso deseo de sorprender, de tímidamente impresionar más que conmover, de hacer rima no poesía. Con la excepción de la estupenda protagonista (Viviana Herrera), el resto del elenco lidia con dificultad la falta de fluidez de sus diálogos declamatorios.

La sagrada familia.
La sagrada familia

El único director y la única película cuya naturalidad responde a una mecánica y a una actitud más rupturista es Sebastián Campos con La sagrada familia. Campos que ha hecho patente sentirse heredero del Nuevo Cine Chileno de los '70, más por un sentido de postura frente al cine que por cercanías estéticas, recurre a un método de trabajo cuya libertad produjo una absoluta frescura en las actuaciones y diálogos. Con una frase de Cervantes de cabecera, " a taque irreflexivo y retroceso metódico", Campos ataca irreflexivamente con un guión de sólo 10 páginas rodando en tres días y luego pasa un año editando el material (el retroceso metódico ) como señalara en una entrevista en Mabuse.cl. El resultado es una obra imperfecta que puede fallar en su desarrollo -debido a que resulta más que previsible su desenlace- pero que al mismo tiempo genera tensiones y un suspenso psicológico de gran eficacia. Si se trata de apostar por la renovación o por el recambio, Campos representa mejor que el resto ese futuro. Campos arriesga por un cine más intuitivo y alejado del cálculo (tipo Bize), ocupa la cámara como un arma y no como una varita para hacer una cursi magia visual (como Scherson), y hasta se da maña para ser subversivo (como el cine de los '70) con su cinta -que trata de la hipocresía del conservadurismo católico nacional- estrenando esta próxima semana santa en Chile.

Jorge Morales
© FIPRESCI 2005

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