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Grand Prix 2008
No Gods, Just Monster
by Norman Wilner
English 
Spanish 
To Be and To Have
by Jorge Morales
English 
Spanish 
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Gran Premio 2008
Paul Thomas Anderson, "There Will Be Blood":
Ser y tener
Por Jorge Morales
En una de las escenas de Petróleo sangriento, el magnate petrolero Daniel Plainview (Daniel Day-Lewis) pregunta consternado, mientras mira un mapa con uno de sus lacayos, por qué hay un territorio que no le pertenece. "¿Por qué no es mío?" le increpa. No es que Daniel Plainview quiera apoderarse de esa tierra sino que no es capaz de establecer una distancia entre lo que tiene y lo que quiere. Eso es lo que diferencia la codicia de la envidia: Plainview no es que ambicione la propiedad de otro sino que considera que nadie tiene derecho a ser dueño de algo que él desea. Porque no se puede sentir envidia si uno menosprecia o ningunea la existencia del resto. Plainview no sólo no quiere lo que pertenece a otro sino que no quiere que esa persona exista. Es un ansia de poder mucho más egocéntrica y perversa que la del empresario déspota que sólo quiere enriquecerse. Plainview es un depredador, alguien que quiere avasallar sin resistencias. "No quiero que nadie más tenga éxito" dice en algún momento. Lo curioso, y ahí está el gran mérito de la compleja personalidad diseñada por Paul Thomas Anderson, es que Plainview se presenta al principio de la cinta como una persona sensata, trabajadora, capaz de dar y recibir afecto. Y no se trata simplemente de una performance para engañar a las personas que quiere embaucar para comprarle sus tierras vendiendo la relación que tiene con su hijo (al que presenta como su socio). El amor de Plainview es honesto e íntimo, pero, como se demuestra más adelante, nada de fiel e irrenunciable, que se pone en crisis cada vez que sus intereses están en riesgo. Si tiene que elegir entre un pozo de petróleo en problemas y su hijo enfermo, no duda un segundo en postergar al chico. En ese sentido, el nombre original de la película (Habrá sangre), bien puede aludir a la subterránea violencia que nunca termina de manifestarse explícitamente (como las aterradoras amenazas verbales de Plainview), como también sobre lo débiles que son los lazos filiales, que se abren y cierran como los pozos de petróleo.
Plainview es muy parecido a Charles Foster Kane (El ciudadano Kane, 1941), otro magnate que no lograba empatizar con el deseo o el dolor del prójimo. Personajes que están tan centrados en sus metas, en satisfacer sus apetitos que sólo en la medida que tienen el control, que hay orden y paz, en que los desafíos cotidianos no alteran dramáticamente el desarrollo de sus proyectos, pueden dar pie a establecer relaciones que vayan más allá de lo simplemente utilitario (como se ve luego en la relación que Plainview tiene con su supuesto hermano). Pero a diferencia de Kane, que creció en medio de la riqueza, y busca comprar la felicidad (o la ilusión de ella) y generar poder a partir de su dinero (una mera arrogancia egótica, en todo caso), Plainview quiere enriquecerse para alejarse de las personas y tener poder sólo para que nadie pueda ejercer sobre él ningún tipo de sometimiento. Un sueño, por cierto, coherente con quienes han vivido en condiciones de miseria y opresión, que puede ser parte del posible y previsible pasado de Plainview que la cinta de Anderson tiene el acierto de obviar. Pero que se haya heredado o conseguido la riqueza no cambia el modo en que se pueda usufructuar de ella, aunque tengan — como en estos casos — objetivos diferentes. Porque no es el dinero el que pervierte, es la perversión que nace de su uso. En otras palabras, tanto Kane y Plainview adolecen de una cojera afectiva y ambos utilizan el dinero como una prótesis, y en ese uso corrompen su identidad y sus emociones. Cuando Plainview opta por alejarse de su hijo, para no verse sometido a prestarle la atención y el amor que debería, es porque puede hacerlo, porque tiene el dinero para hacerlo.
Este planteamiento de Anderson es sólido, y sobre todo en el comienzo de la película, se estructura con una magnífica sobriedad (un extraordinario segmento casi sin palabras), sólo invadido por una banda sonora excesivamente dramática, que si bien genera un clima enrarecido y siniestro, es hasta cierto punto premonitorio sobre la forma en que Anderson aceita su película hacia el final. Porque en la medida que Anderson va desnudando elementos que ilustren mejor la personalidad de Plainview (durante los primeros cuarenta minutos uno puede atisbar el carácter de Plainview, pero aún nada es lo suficientemente claro), la cinta va encontrando resoluciones más predecibles como el desenmascaramiento y desenlace de la relación con su hermano.
Anderson tenía entre manos una obra que pudo ser un retrato mucho más cerrado y certero sobre la codicia, pero cede finalmente a sus fueros efectistas con un quiebre sorpresa que bordea el lugar común con el millonario demente ahogado en su propia decadencia. Sin embargo, la genial caracterización de Daniel Day-Lewis — que incluso adopta un tono de voz con un timbre totalmente diferente al suyo —, es tan rotunda, que su sola presencia se "disfruta" como una de las exposiciones más inquietantes de la maldad en estado puro.
Jorge Morales
© FIPRESCI 2008
Adaptado del texto publicado en Revista de Cine Mabuse.cl.
El crítico chileno Jorge Morales es el editor general de Revista de Cine Mabuse.
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